En El tren pasa cada 90 minutos, dentro de Crónicas de un pueblo, dejamos un pequeño punto luminoso atravesando el cielo y siete personas viajando en su interior.
Tiramos un poco más de la cuerda.
Porque aquello que desde la Tierra parece apenas una estrella desplazándose lentamente es una construcción de más de 400 toneladas, aproximadamente del tamaño de un campo de fútbol, que se mueve a unos 28.000 kilómetros por hora a unos 400 kilómetros sobre nuestras cabezas.
Es la Estación Espacial Internacional (ISS),
Y, fundamentalmente, es un laboratorio.
Una casa permanentemente habitada
La construcción de la estación comenzó en órbita en 1998 y desde noviembre de 2000 siempre ha habido seres humanos viviendo en ella. Más de veinticinco años sin que, ni un solo día, haya quedado deshabitada.
Normalmente viven y trabajan allí unas siete personas. En este momento forman la Expedición 75: Jessica Meir, Jack Hathaway y Anil Menon, de NASA; Sophie Adenot, de la Agencia Espacial Europea; y los cosmonautas rusos Andrey Fedyaev, Pyotr Dubrov y Anna Kikina.
Comen, duermen, se asean, hacen ejercicio, mantienen la estación y trabajan.
Y mientras hacen todo eso continúan cayendo alrededor de la Tierra.
Porque, aunque pueda resultar extraño, estar en órbita consiste esencialmente en estar cayendo continuamente sin llegar a alcanzar el suelo. La gravedad terrestre sigue actuando allí arriba. La enorme velocidad horizontal de la estación hace que, mientras cae, la superficie curva de la Tierra se aleje bajo ella aproximadamente al mismo ritmo.
El resultado son esos noventa minutos que nos trajeron hasta aquí: unas dieciséis vueltas completas a nuestro planeta cada día y, para sus habitantes, alrededor de dieciséis amaneceres y dieciséis puestas de Sol cada veinticuatro horas.

Galería oficial de la Estación Espacial Internacional — NASA
¿Para qué mantener personas ahí arriba?
Aquí está probablemente la parte más interesante.
La ISS permite investigar en unas condiciones que no podemos mantener durante largos periodos en ningún laboratorio terrestre: la microgravedad.
No significa que allí no exista gravedad. Existe, y mucha. Lo que ocurre es que estación, astronautas y todo lo que hay dentro están cayendo juntos, produciendo esa sensación de ingravidez que vemos en las imágenes.
Eliminar prácticamente el efecto aparente del peso permite observar procesos físicos y biológicos de otra manera.
Y uno de los primeros objetos de experimentación es el propio ser humano.
Vivir durante meses en microgravedad afecta a músculos, huesos, sistema cardiovascular, equilibrio, visión y otros procesos fisiológicos. Los astronautas tienen que dedicar alrededor de dos horas diarias al ejercicio para reducir algunos de esos efectos.
Comprenderlos no sirve únicamente para cuidar a quienes viven allí. Si algún día queremos enviar seres humanos durante largos periodos hacia la Luna, Marte o destinos todavía más lejanos, necesitamos saber qué le ocurre a nuestro organismo cuando pasa meses fuera de las condiciones en las que ha evolucionado.
Actualmente, por ejemplo, los astronautas están estudiando cómo la microgravedad afecta al sistema circulatorio, tomando muestras de sangre y realizando exploraciones de las venas.
Plantas, células, fuego y materiales
Pero los astronautas no son los únicos sujetos de experimentación.
En la estación se estudian plantas, microorganismos, células y tejidos humanos. Se analiza cómo crecen y se comportan cuando desaparece una de las fuerzas que condiciona prácticamente toda la vida en nuestro planeta.
También se estudian los fluidos. En la Tierra damos por supuesto que un líquido cae, se deposita en el fondo de un recipiente y que las diferencias de densidad provocan determinados movimientos. En microgravedad muchas de esas reglas cotidianas cambian.
Algo parecido ocurre con el fuego. Sin la convección provocada por la gravedad, una llama se comporta de forma diferente. Comprender la combustión en esas condiciones ayuda tanto a diseñar vehículos espaciales más seguros como a mejorar nuestro conocimiento fundamental de estos procesos.
Se experimenta además con nuevos materiales, fabricación en el espacio y tecnologías que algún día podrían utilizarse lejos de la Tierra.
La actual Expedición 75 está trabajando, entre otras cosas, en técnicas de fabricación espacial, bioimpresión de tejido humano y herramientas de inteligencia artificial y realidad aumentada para controlar la salud de las tripulaciones.
La estación es, por tanto, laboratorio y al mismo tiempo banco de pruebas para lo que venga después.

Galería oficial de la Estación Espacial Internacional — NASA
Cinco agencias obligadas a entenderse
Hay otra característica de la ISS que resulta casi tan interesante como su ciencia.
No pertenece a un solo país.
La operan conjuntamente NASA, de Estados Unidos; Roscosmos, de Rusia; ESA, que representa a los países europeos participantes; JAXA, de Japón, y CSA, de Canadá. En conjunto, la cooperación de la estación implica cinco agencias espaciales y quince países.
Cada socio financia, controla y mantiene las partes y programas que le corresponden. Las investigaciones también pueden financiarse mediante las propias agencias, organismos públicos, universidades, instituciones científicas y entidades privadas.
Y la dependencia entre unos y otros es real.
Por ejemplo, Rusia aporta capacidades fundamentales de propulsión para elevar la órbita de la estación y realizar determinadas maniobras, mientras que sistemas estadounidenses proporcionan buena parte del control habitual de su orientación. La propia NASA reconoce que actualmente ningún socio podría operar la estación independientemente de los demás.
En un planeta no siempre demasiado dispuesto a ponerse de acuerdo, resulta cuando menos llamativo que a cuatrocientos kilómetros de altura esa cooperación sea imprescindible para seguir dando una vuelta a la Tierra cada noventa minutos.

Galería oficial de la Estación Espacial Internacional — NASA

Galería oficial de la Estación Espacial Internacional — NASA
¿Quién decide quién vive allí?
Tampoco existe una especie de propietario de la estación que elija a sus habitantes.
Las diferentes agencias seleccionan y entrenan a sus astronautas y cosmonautas y las tripulaciones se coordinan entre los socios internacionales. Los relevos se organizan mediante expediciones que permanecen durante meses en órbita y se solapan para mantener siempre operativa la estación.
Ahora mismo hay tres estadounidenses, tres rusos y una francesa de la ESA. Y próximamente volverá a cambiar parte de la tripulación.
Las personas cambian.
El laboratorio continúa funcionando.
Un experimento que también tiene final
La Estación Espacial Internacional tampoco será eterna.
NASA y sus socios trabajan actualmente con el horizonte de 2030 para terminar su operación. Debido a su enorme tamaño no puede simplemente abandonarse en órbita. Está previsto realizar una reentrada controlada para que los restos que sobrevivan al descenso caigan en una zona remota del océano. NASA ya ha encargado el desarrollo del vehículo que deberá ayudar a realizar esa maniobra final.
Para entonces la ISS habrá servido durante tres décadas como laboratorio permanentemente habitado y también como preparación para la siguiente etapa: nuevas estaciones en órbita terrestre y misiones humanas más alejadas de nuestro planeta.
Quizá algún día miremos hacia arriba buscando otras estaciones.
Pero de momento, cuando veamos aquel pequeño punto atravesando el cielo, merece la pena recordar lo que llevamos dentro.
Más de cuatrocientas toneladas de ingeniería.
Décadas de cooperación internacional.
Experimentos que intentan comprender desde una célula hasta el comportamiento del cuerpo humano.
Y, sobre todo, personas haciendo ciencia mientras caen alrededor de la Tierra a 28.000 kilómetros por hora.

Galería oficial de la Estación Espacial Internacional — NASA

Muchas gracias. Muy interesante y bien escrito.
Muchas gracias.