Flor de azalea

No sé si el lector está familiarizado con la floración de la azalea o Satsuki en japones (Rhododendron indicum), pero es uno de los espectáculos más llamativos del jardín, muy apreciado por sus espectaculares flores. Abundante, colorida y extraordinariamente diversa de variedades que convierte a esta especie en una de las grandes protagonistas de exposiciones y concursos del bonsái. No es casualidad que existan incluso asociaciones dedicados exclusivamente a ella, y foros y concursos monográficos.

La floración comienza en primavera. Algunas variedades se adelantan y otras esperan hasta bien entrada la estación para abrir sus capullos. Si se cultivan varias juntas, entremezcladas con el resto de los bonsáis, el jardín se transforma durante unas semanas en un mosaico de colores que contrasta con el verde intenso de los árboles que comienzan a abrir sus yemas y desplegar sus hojas.

Ahora, sin embargo, hemos entrado en la segunda semana de agosto. El verano ha superado ya su ecuador y la floración de las azaleas es solo un recuerdo. O eso pensaba.

Una de las mías, como una lamparilla ha decidido sorprenderme con una única flor tardía, como si quisiera decir: «Oye, sigo aquí. Esta aún me quedaba por abrir».

Mientras los protagonistas del jardín son ahora los verdes de los juniperus, los arces, los ficus y, sobre todo, los pinos, esta pequeña flor enciende una discreta luz en su rincón. Una sola flor basta para reclamar, por un instante, nuestra atención y recordarnos que en un jardín nunca deja de ocurrir algo para quien sabe mirar.

sello wabi sabi

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