Aquellos primeros navegantes habían partido de Tiro, en el extremo oriental del Mediterráneo hacia poniente. No sabemos demasiado de ellos, ni sus nombres, ni cuántos eran, ni qué buscaban o pensaban mientras avanzaban hacia poniente.
Con sus barcos de madera, de casco redondeado, cargados de cerámicas, vino, aceite, tejidos y pequeños objetos manufacturados y una vela cuadrada como principal motor, remos para las maniobras y el conocimiento del mar, las costas y las estrellas para encontrar el rumbo.

Durante generaciones, los fenicios habían ido extendiendo sus rutas hacia Occidente, enlazando puertos, islas y lugares donde detenerse, comerciar, abastecerse y continuar o regresar.
Utilizaban las costas del norte de África para avanzar hacia poniente, mientras otras rutas enlazaban las islas y las costas más septentrionales del Mediterráneo.
Cuando algunos atravesaron en algún momento y posiblemente sin saber cuál era su destino, las Columnas de Hércules. Nuestro estrecho de Gibraltar.
Detrás quedaba el Mediterráneo. Delante, el Atlántico, que para ellos representaba el extremo occidental del mundo conocido. Todo un logro y a la vez una aventura.
Al otro lado encontraron un paisaje muy diferente al que conocemos hoy, islas, canales, estuarios y abrigos naturales. Un territorio abierto al océano pero comunicado, al mismo tiempo a través de los ríos, con un interior habitado por pueblos con los que podían comerciar y donde existían materias primas muy interesantes para ellos, especialmente los metales.
Para un pueblo de comerciantes como el fenicio, aquello era una oportunidad extraordinaria de abrirse al mundo e intercambiar sus productos.
Pero no debió de ser un camino sencillo. Aquellos encuentros entre pueblos que no compartían lengua, dioses ni costumbres, no siempre terminarían en un intercambio amistoso. Habría desconfianza, disputas y seguramente enfrentamientos de los que no conocemos los detalles, los nombres ni las víctimas. Y antes incluso de llegar, se enfrentarían a otras contiendas con el mar, los temporales, los naufragios y una navegación en la que cualquier viaje podía no tener regreso.
Aun así, regresaron. Y volvieron a hacerlo.
De sus barcos bajaban vino, aceite, cerámicas, tejidos, perfumes, vidrio y objetos elaborados y a ellos subían plata, cobre, estaño y otras materias primas procedentes del interior.
Y con sus mercancías viajaban además técnicas, palabras, dioses, conocimientos, costumbres y maneras diferentes de entender el mundo, y en sentido contrario, también embarcaban conocimientos y productos de las poblaciones que encontraron aquí, y sus formas también de entender la vida y aprovechar el medio.
El intercambio comercial se convirtió inevitablemente en un rico intercambio cultural, como no podía ser de otra forma.
Y aquellos navegantes que inicialmente habían llegado para comerciar, comenzaron también a quedarse, algunos decidieron no regresar.
En algún momento de finales del siglo IX a. C., las evidencias arqueológicas nos permiten encontrar ya aquí una presencia fenicia estable. Había comenzado la historia de Gadir. Casi tres mil años después la llamamos Cádiz. Pero sigue estando en el mismo sitio: al final del Mediterráneo y al principio de ese abismo desconocido, el Atlántico.
Nota del autor: Este es un relato literario inspirado en hechos y conocimientos históricos y arqueológicos. No pretende ser una investigación científica ni una reconstrucción de los acontecimientos. Allí donde la historia no puede llegar, el relato permite imaginar.

Consultar el artículo completo y sus figuras: La fundación arcaica de Gadir. La construcción historiográfica de una ciudad ¿real o inventada?
