Entre el paisaje y el fuego (V/V)

Cinco Entrenudos sobre los grandes incendios forestales.

Cuando el fuego se apaga

Los informativos terminan cuando desaparecen las llamas. Los medios de extinción regresan a sus bases. Las carreteras vuelven a abrirse. Y poco a poco el incendio deja de ocupar el centro de la actualidad.

Sin embargo, para el bosque, el incendio no ha terminado. En realidad, acaba de comenzar una etapa completamente distinta.

Durante los Entrenudos anteriores hemos recorrido un largo camino.

Hemos visto cómo ha cambiado el paisaje español durante las últimas décadas. Cómo evolucionó nuestra forma de conservar la naturaleza. Por qué la gestión forestal resulta hoy más necesaria que nunca. Y cómo las condiciones climáticas en cada momento constituyen un factor decisivo, aunque no el único, en el comportamiento de los grandes incendios forestales.

Nos queda ahora una última pregunta.

¿Qué perdemos realmente cuando arde un bosque?

La respuesta resulta mucho más amplia de lo que suele reflejar el número de hectáreas quemadas.

El bosque continúa ardiendo después del incendio Cuando desaparecen las llamas comienza una lenta transformación del ecosistema.

La atmósfera recibe grandes cantidades de dióxido de carbono, monóxido de carbono, partículas y otros compuestos procedentes de la combustión de la vegetación.

Al mismo tiempo desaparece, al menos temporalmente, una parte de la capacidad que ese bosque tenía para fijar carbono y contribuir a regular el clima.

Pero quizá los cambios más profundos ocurran bajo nuestros pies. El suelo pierde parte de su materia orgánica. Muchos microorganismos desaparecen. En incendios de gran intensidad pueden desarrollarse capas hidrófobas que dificultan la infiltración del agua y favorecen la escorrentía.

Cuando llegan las primeras lluvias aumenta el riesgo de erosión y de pérdida de un recurso cuya formación ha requerido siglos.

También el agua resulta afectada. Las cenizas y los sedimentos alcanzan barrancos, ríos y embalses, modificando su calidad y alterando procesos ecológicos que continúan mucho tiempo después de extinguido el incendio.

La biodiversidad tampoco responde de una única manera. Muchas especies vegetales mediterráneas poseen adaptaciones al fuego e incluso dependen de él para regenerarse. Pero otra cosa muy distinta son los incendios de enorme extensión, elevada severidad o excesiva recurrencia.

Cuando esas perturbaciones se repiten antes de que el ecosistema haya podido recuperarse, la resiliencia disminuye y el paisaje puede iniciar trayectorias muy diferentes de las que conocíamos.

También arde el mundo rural

Los incendios no afectan únicamente a los ecosistemas. También transforman la vida de quienes dependen de ellos.

Se pierden aprovechamientos forestales. Madera. Corcho. Resina. Pastos. Producción apícola. Recursos micológicos. Actividad cinegética. Turismo de naturaleza.

Y con frecuencia también desaparecen oportunidades de empleo y de desarrollo para muchas comarcas rurales.

La FAO (1) lleva años recordando que restaurar un bosque no consiste únicamente en recuperar árboles. Significa recuperar también los bienes y servicios que ese bosque proporciona y mantener comunidades capaces de seguir viviendo y trabajando en el territorio. Porque un paisaje sin actividad humana termina siendo, con demasiada frecuencia, un paisaje más vulnerable.

Restaurar no siempre significa replantar. La imagen de miles de personas plantando árboles resulta muy atractiva. Sin embargo, la restauración de un bosque rara vez admite soluciones universales.

Muchos ecosistemas mediterráneos poseen una extraordinaria capacidad de regeneración natural. En otros casos será necesario intervenir para controlar la erosión, estabilizar cauces, restaurar procesos hidrológicos o favorecer determinadas especies.

Cada incendio plantea preguntas distintas. Y cada paisaje exige respuestas diferentes. Restaurar no consiste en reconstruir exactamente el bosque que existía antes. Consiste en ayudar a que el nuevo paisaje recupere su capacidad para funcionar, adaptarse y seguir evolucionando.

Hasta ahora hemos hablado de atmósfera. De suelo. De agua. De biodiversidad. De economía. Todo ello es importante.

Pero existe otra dimensión que ninguna estadística consigue reflejar completamente.

La humana.

La primera pérdida que debería preocuparnos en un gran incendio nunca debería medirse en hectáreas.

Cuando una persona pierde la vida —sea un vecino, un bombero forestal, un agente medioambiental, un miembro de la UME, un piloto o cualquier otra persona que participa en la emergencia— todo lo demás pasa inevitablemente a un segundo plano.

Ningún valor ecológico puede compararse con una vida humana.

Junto a ellos trabajan miles de profesionales y voluntarios que, cada verano, afrontan temperaturas extremas, humo, agotamiento y situaciones de enorme riesgo para proteger pueblos, viviendas y montes. Su trabajo constituye una de las expresiones más discretas y generosas del servicio público.

Y merece, probablemente, un reconocimiento mucho mayor del que solemos dedicarle cuando las llamas desaparecen de las noticias.

Pero todavía hay otra pérdida menos visible. Cuando un bosque arde no solo desaparecen árboles o hábitats. También desaparecen caminos recorridos durante generaciones, antiguos bancales, muros de piedra, chozos, majadas, árboles singulares y paisajes que forman parte de la memoria colectiva de quienes han vivido allí.

El fuego puede borrar en unas horas una parte de la historia y de la cultura de un territorio.

El paisaje que dejaremos

Comenzábamos esta serie diciendo que los grandes incendios forestales no empiezan cuando aparece la primera llama. Empiezan mucho antes. Empiezan cuando cambia el paisaje.

Hoy podemos completar aquella idea. Los grandes incendios tampoco terminan cuando se apaga el último frente. Sus consecuencias permanecen durante años en los ecosistemas, en el mundo rural, en la economía, en la memoria de las personas y en el paisaje que heredarán quienes vengan detrás.

A lo largo de estos cinco Entrenudos hemos comprobado que no existen explicaciones simples para un problema complejo.

El paisaje. La conservación. La gestión. El clima. Todos forman parte de una misma realidad.

Quizá la mejor enseñanza sea que ninguna de esas piezas, por sí sola, basta para comprender los grandes incendios forestales. Solo cuando las contemplamos juntas empezamos a entender el verdadero alcance del problema.

Porque, al final, cuidar un bosque no consiste únicamente en proteger unos árboles. Consiste también en proteger la vida, la historia, la cultura y el paisaje que algún día heredarán quienes vengan detrás.

(1) FAO: organismo especializado de Naciones Unidas que promueve, entre otros objetivos, la gestión sostenible y la restauración de los bosques, vinculándolas también al desarrollo y los medios de vida de las comunidades rurales.

Ex Libris de Javier Montalvo con un martín pescador y el lema «Intensidad, en la lectura y en la vida.

¿Seguimos tirando de la cuerda?

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