Cinco Entrenudos sobre los grandes incendios forestales.
El clima no juega solo
Hay debates que, por su intensidad, terminan ocultando la pregunta realmente importante.
Uno de ellos es el cambio climático.
Mientras una parte de la sociedad debate sobre su origen, su intensidad o incluso sobre la conveniencia de utilizar esa expresión, quizá dejamos en un segundo plano una cuestión mucho más útil para comprender los grandes incendios forestales.
¿Qué papel desempeña realmente el clima dentro de un fenómeno que la propia ciencia considera claramente multifactorial?
El objetivo de este Entrenudo no es entrar en el debate sobre el origen o la evolución futura del cambio climático. Ese es un campo propio de la climatología y continuará siendo objeto de investigación científica.
Para lo que aquí nos ocupa basta una constatación práctica: durante las últimas décadas se observan con mayor frecuencia episodios de temperaturas elevadas, periodos prolongados de sequía y condiciones meteorológicas que favorecen la propagación del fuego.
Quien prefiera denominar a ese fenómeno cambio climático puede hacerlo. Quien prefiera hablar simplemente de una tendencia climática observada también.
En cualquiera de los dos casos, la pregunta seguirá siendo exactamente la misma.
¿Qué peso tiene el clima dentro del conjunto de factores que explican los grandes incendios forestales?

El clima siempre ha formado parte del incendio
Mucho antes de que comenzáramos a hablar de cambio climático, los ingenieros de montes y los servicios de extinción ya sabían que existían días especialmente peligrosos.
Temperaturas elevadas.
Humedad muy baja.
Viento.
Vegetación seca.
Nadie discutía entonces que esas condiciones aumentaban enormemente la probabilidad de propagación del fuego.
El clima, por tanto, nunca ha sido un elemento ajeno al incendio. Siempre ha formado parte de él.
La cuestión que hoy nos ocupa no es esa. La pregunta es otra:
¿Han cambiado esas condiciones lo suficiente como para modificar también el comportamiento de los grandes incendios?
Existe un amplio consenso científico en que el aumento de las temperaturas y la mayor frecuencia de determinados episodios meteorológicos extremos favorecen condiciones más propicias para la propagación del fuego.
La Agencia Estatal de Meteorología viene documentando desde hace años una evolución caracterizada por temperaturas más elevadas, olas de calor más frecuentes y prolongadas, una mayor duración de los periodos secos y un incremento de los días con índices meteorológicos de peligro de incendio. La tendencia observada constituye hoy uno de los pilares objetivos sobre los que se apoya este debate.
Fernando Valladares explica este fenómeno desde el funcionamiento de los ecosistemas. El estrés hídrico acumulado reduce la capacidad de respuesta de muchas masas forestales, aumenta su vulnerabilidad y modifica el equilibrio ecológico en el que se desarrollan. Los bosques mediterráneos están adaptados a convivir con la sequía, pero la intensidad y la frecuencia crecientes de los episodios extremos reducen progresivamente su capacidad de resiliencia. O dicho de otra manera, aumentan su fragilidad.
Víctor Resco de Dios ayuda a conectar la climatología con el paisaje. El peligro meteorológico no actúa sobre un territorio vacío, sino sobre una vegetación concreta. El clima puede aumentar el riesgo de incendio, pero su efecto depende también de la cantidad de biomasa acumulada, del estado de esa vegetación y de la forma en que el paisaje ha sido gestionado durante décadas.
Hasta aquí, el grado de acuerdo resulta muy elevado.
Donde comienza el verdadero debate no es en la existencia de ese riesgo climático, sino en el peso relativo que tiene frente al resto de los factores que intervienen en los grandes incendios
Es precisamente aquí donde aparece uno de los investigadores españoles más interesantes en ecología del fuego.
Juli G. Pausas. Sus trabajos no cuestionan la influencia del clima. La incorporan. Pero añaden inmediatamente otra idea.
El fuego necesita mucho más que temperaturas elevadas.
Necesita combustible.
Necesita continuidad.
Necesita una estructura del paisaje capaz de sostener la propagación.
Y necesita una ignición.

Pausas insiste en que reducir los grandes incendios exclusivamente al cambio climático supone simplificar un fenómeno mucho más complejo. Los incendios extremos aparecen cuando coinciden varios factores que interactúan entre sí.
El clima es uno de ellos. No el único.
Quizá el error más frecuente consista en intentar buscar una única explicación. Sin embargo, un gran incendio funciona como un sistema en el que diferentes elementos se potencian mutuamente.
Las condiciones meteorológicas determinan cuándo un territorio alcanza un elevado peligro de incendio. La estructura del paisaje condiciona cómo se propagará ese fuego. La gestión realizada durante las décadas anteriores influirá sobre la continuidad y disponibilidad del combustible. La ignición activará finalmente el proceso.
Y, en numerosos casos, debe añadirse un elemento más: la exposición, es decir, la presencia de viviendas, infraestructuras y actividades humanas situadas en la interfaz urbano-forestal.
Eliminar cualquiera de estas piezas modifica profundamente el resultado final. Por eso numerosos investigadores hablan hoy de un fenómeno claramente multifactorial.
Si el clima influye, ¿significa eso que la gestión pierde importancia? Todo parece indicar exactamente lo contrario.
Javier Madrigal recuerda que precisamente cuando aumentan las condiciones meteorológicas desfavorables adquiere todavía mayor importancia la gestión preventiva del combustible y la construcción de paisajes más resilientes.
En otras palabras. No podemos modificar el tiempo atmosférico. Pero sí podemos actuar sobre buena parte del territorio que terminará respondiendo a esas condiciones. Y ahí continúa existiendo un amplio margen de actuación.
La prevención vuelve a desempeñar un papel decisivo. No porque pueda impedir todos los incendios. Eso sería imposible. Sino porque puede reducir su intensidad, dificultar su propagación y facilitar el trabajo de los equipos de extinción.
Paradójicamente, la prevención tiene un problema. Cuando funciona apenas ocupa titulares.Nadie abre un informativo porque un tratamiento selvícola realizado diez años antes haya contribuido a limitar el avance de un incendio. Sin embargo, esa gestión silenciosa constituye, probablemente, una de las herramientas más eficaces de que disponemos.

Después de revisar la literatura científica resulta difícil sostener que el clima pueda explicar por sí solo los grandes incendios forestales.
Pero también resulta difícil negar que influya de manera decisiva. La cuestión deja entonces de plantearse como un enfrentamiento entre dos posiciones.
Y pasa a convertirse en otra mucho más interesante:
¿Cómo interactúan el clima, el paisaje, el combustible, la gestión, la ignición y la exposición para producir incendios capaces de superar la capacidad de extinción?
Quizá ésa sea la pregunta correcta.
Porque cuando reducimos un problema complejo a una única causa, también corremos el riesgo de simplificar en exceso las soluciones.
El clima puede decidir cuándo un territorio reúne las condiciones para arder con enorme intensidad.
Pero el comportamiento final del incendio dependerá también del paisaje que encuentre, del combustible acumulado durante décadas, de la continuidad de la vegetación, de la gestión realizada con anterioridad y de la existencia de una ignición.
No hablamos, por tanto, de causas enfrentadas. Hablamos de factores que interactúan continuamente.
Y probablemente ése sea uno de los mayores consensos alcanzados hoy por la investigación sobre incendios forestales. Comprender esa interacción no disminuye la importancia del cambio climático. Al contrario. Permite situarlo en el lugar que realmente ocupa dentro de un sistema mucho más complejo.
Porque cuando un problema tiene muchas causas, las soluciones también deben ser múltiples.
Cuando el incendio termina, el debate suele apagarse con él. Pero las consecuencias permanecen durante años.
Permanecen en la atmósfera.
En el suelo.
En el agua.
En la biodiversidad.
En la economía rural.
Y también en la memoria de quienes viven junto al monte.
Los incendios no terminan cuando se extinguen las llamas. Continúan durante mucho tiempo en un paisaje que deberá reconstruirse y volver a encontrar su equilibrio.
Ésa será la reflexión con la que cerraremos esta serie de Entrenudos.
