El tren pasa cada 90 minutos.

Guillermo no fue la primera persona que me hablara de la Estación Espacial Internacional, pero sí fue quien me la mostró y señaló en el cielo. Y fue precisamente aquí, en su casa, en Algora.

Durante años hemos venido a pasar unos quince días en verano a su casa. Guillermo, tras jubilarse y hacerse esta casa familiar, vivía solo y tenía algo que probablemente explica muchas de aquellas conversaciones: su curiosidad por diversos temas y mucho tiempo para leer. Leía prácticamente todo lo que caía en sus manos. Era un hombre ilustrado; de algunas cosas sabía más, de otras menos, pero siempre había algo que había leído, alguna noticia que le había llamado la atención o alguna pregunta sobre la que llevaba un tiempo dando vueltas. Cuando no, preguntaba sobre ello a quien él pensaba que podía mostrarle detalles que desconocía.

Nos contaba que muchas noches veía pasar la Estación Espacial Internacional desde la terraza de casa, mirando hacia el suroeste. Un pequeño punto luminoso desplazándose por el cielo que, si nadie te advierte de lo que estás viendo, puede confundirse con cualquier otro objeto celeste.

Una noche nos propusimos buscarla. Ayudados por las cartografías y los móviles, nos pusimos en posición y me la señaló por primera vez:

—Mira, ¡ahí va! La Estación Espacial.

Y durante unos segundos contemplamos aquel punto de luz avanzando sobre el horizonte.

Guillermo sabía que tardaba aproximadamente noventa minutos en dar una vuelta completa a la Tierra y recuerdo que alguna noche miraba el reloj y calculaba cuándo debía regresar.

La Estación Espacial Internacional completa una órbita alrededor de nuestro planeta aproximadamente cada hora y media. Lo que ocurre es que, mientras ella da su vuelta, la Tierra tampoco se ha quedado quieta.

La estación viaja a unos 28.000 kilómetros por hora, a aproximadamente 400 kilómetros de altura sobre nuestras cabezas. Pero mientras recorre su órbita, nuestro planeta continúa girando debajo de ella y su siguiente trayectoria ya no coincide necesariamente con el mismo lugar. O sí.

Sí, es posible verla desde el mismo lugar en dos órbitas consecutivas, separadas por esos noventa minutos. No es algo que ocurra en cualquier lugar y cualquier fecha, pero desde latitudes como la de Guadalajara puede suceder, apareciendo a diferentes alturas sobre el horizonte.

Para verla necesitamos que aquí abajo haya suficiente oscuridad mientras la estación, allí arriba, continúa iluminada por el Sol. Porque ese punto que vemos cruzar el cielo no es una potente luz encendida en el espacio. Es la luz del Sol reflejada en la propia estación y en sus enormes paneles solares.

Guillermo tenía razón con sus noventa minutos: a veces repetía y otras, simplemente, la Tierra también había jugado.

Lo que más me asombraba, y lo sigue haciendo, era que mientras nosotros levantábamos la cabeza durante unos segundos para verla pasar, había investigadores que vivían y trabajaban en su interior. Duermen, comen, hacen ejercicio y desarrollan investigaciones en unas condiciones imposibles de reproducir aquí durante largos periodos.

Me recuerda a aquellas series de televisión como Star Trek, con Mr. Spock y sus orejas afiladas a bordo de la nave Enterprise. Algo que nos parecía de ciencia ficción.

Pues no, ahora ya no es ficción.

Un laboratorio ocupado permanentemente por seres humanos desde el año 2000 que, gracias a la increíble velocidad a la que se desplaza, permite a sus habitantes contemplar dieciséis atardeceres y dieciséis amaneceres cada día.

Siempre he dicho que la posición de Algora es privilegiada para contemplar cada día un atardecer diferente al anterior. Ninguno es igual. La línea del horizonte se extiende desde el contorno del Alto Rey, a la derecha de la vista, pasando por el pico Ocejón al frente y la Sierra de Ayllón, para continuar finalmente por Somosierra y Guadarrama, ya hacia Madrid, cerrando La Maliciosa y la Bola del Mundo un skyline espectacular.

Precisamente es la Bola del Mundo la que observamos desde la terraza de Guillermo. Nosotros, desde aquí, contemplamos un atardecer cada día; desde la Estación Espacial, ellos pueden contemplar dieciséis y como nosotros, la Bola del Mundo.

Ayer, como otras tantas noches, salimos a aquella terraza para esperar y mirar al cielo.

La historia científica que hay dentro de la Estación merece bastante más que estas líneas y prefiero contarla aparte, La ciencia a 400 kilómetros de la Tierra en Entrenudos, por si quieres seguir tirando de la cuerda.

Ex Libris de Javier Montalvo con un martín pescador y el lema «Intensidad, en la lectura y en la vida.

¿Seguimos tirando de la cuerda?

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