Cuarenta años al límite

Hay lugares donde uno no sabe muy bien cuántos conciertos ha visto. La Plaza Mayor de Sigüenza es uno de ellos para mí.

Por ese escenario, o por los que se han ido montando allí durante tantos años, han pasado Los Secretos, Burning o Cadillac, y Rosendo o M Clan en otros rincones de la misma ciudad y tantos otros que seguramente ya se me escapan. Música ligada inevitablemente a las fiestas patronales de San Roque y la Virgen de la Mayor y a una plaza que, por su historia y por su extraordinaria conservación, convierte cualquier concierto en algo diferente y familiar, junto a los mismos amigos de siempre.

Anoche le tocó el turno a La Frontera.

El grupo nació en Madrid en 1984, ya habían pasado por nuestros platos de vinilo otros grupos de mayor reconocimiento, cuando aparecieron componiendo desde entonces un rock muy reconocible, con influencias del rock & roll y del country norteamericano y todo un imaginario de fronteras, tahúres, forajidos, carreteras, cuchillos, trenes y whisky. Más de cuarenta años después continúan sobre el escenario dos de sus integrantes históricos: Javier Andreu, voz y guitarra, y Toni Marmota, al bajo.

Tengo que reconocer que La Frontera, aun formando parte de mi repertorio en aquellos años, no ha sido uno de esos grupos que con el paso del tiempo hayan permanecido especialmente presentes en mi memoria o en lo que escucho habitualmente.

Quizá por eso la sorpresa de anoche fue mayor.

Durante prácticamente dos horas fueron apareciendo muchas de aquellas canciones: El límite, Judas el Miserable, Juan Antonio Cortés, La ley de la horca, Pobre tahúr, Cielo del Sur, Si el whisky no te arruina, las mujeres lo harán… Canciones que quizá uno cree haber dejado olvidadas hasta que empiezan a sonar y descubres que siguen guardadas en algún sitio de tu registro.

Y sonaron extraordinariamente bien.

No sé cuánto corresponde a la calidad del equipo y cuánto a la destreza de los músicos —seguramente a ambas cosas—, pero me llamó especialmente la atención cómo empastaba todo. Guitarras, bajo, batería y voz sonaban como un conjunto, sin estridencias, con una limpieza que permitía distinguir cada instrumento sin que ninguno dejara de formar parte del todo.

Y por encima, una sorpresa mayor: Javier Andreu conserva prácticamente la misma voz que recordaba. El mismo timbre de entonces y, además, un excelente dominio después de más de cuarenta años sobre los escenarios. En el centro, con su Gretsch de caja blanca, a un lado Toni Marmota, compañero de viaje desde aquellos primeros años, y completando la formación Harry Palmer a la guitarra y Vicente Perelló a la batería, que no por la novedad desentonaban en absoluto.

La tormenta amenazaba Sigüenza y llegaron las primeras gotas. Mirábamos hacia arriba pensando que quizá aquello obligaría a suspender el concierto. Afortunadamente fueron poco más que cuatro gotas. Las suficientes para ver la lluvia atravesando las luces del escenario, pero no para detener la música.

Y La Frontera siguió tocando.

Quizá ahí esté una de las cosas que más me gustan de estos conciertos. No se trata solamente de nostalgia. Tampoco de intentar regresar a ninguna parte. Han pasado cuarenta años para ellos y también para quienes estábamos abajo, inevitable paso del tiempo.

Pero algunas canciones tienen esa extraña capacidad de quedarse esperando. Esperando sin querer, a salir a flote nuevamente.

Y una noche cualquiera, en una plaza que también forma parte de tu historia, alguien toca los primeros acordes y vuelven a surgir.

Ex Libris de Javier Montalvo con un martín pescador y el lema «Intensidad, en la lectura y en la vida.

¿Seguimos tirando de la cuerda?

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