Entre paralelas y recuerdos, uno por cada lado.

Recuerdo que, con dieciséis años más o menos, me aficioné a un deporte con el que hasta entonces apenas había tenido contacto. Llegué a él a través de una familia con la que convivía mucho y que siento desde antiguo como si fuera la mía propia.

Ana llevaba ya unos años dedicada a la gimnasia artística y, poco a poco, empecé a aprender. A distinguir el salto de las paralelas, la barra del suelo; a conocer los Yurchenko de la soviética Natalia Yurchenko que fue campeona mundial absoluta en Budapest 1983 y su innovación en salto dio nombre a toda una familia de saltos, las paralelas de la rumana Ecaterina Szabo y a seguir a Irene Martínez, Margot Estévez, Laura Muñoz y aquella generación de gimnastas españolas. Son nombres que han quedado gravados en mi retina desde entonces. Sin darme cuenta, en dos o tres años me había hecho un pequeño curso acelerado de gimnasia y terminaba aficionando en casa a cualquiera que mostrara un poco de curiosidad

Después llegaron los Juegos Olímpicos de Los Ángeles y Mary Lou Retton, la estadounidense campeona por centésimas, que acabó convirtiéndose en una de las imágenes de aquellos Juegos. Frente a ella, Ecaterina Szabo que consiguió tres oros individuales por aparatos.

Pero nuestra campeona era Ana.

Y lo de campeona no era una forma de hablar.

Ana Manso se había proclamado campeona de España en Alcoy en 1983, había competido en campeonatos de Europa y del Mundo y participado en numerosos encuentros internacionales con la selección española. Viajes a Bulgaria, Inglaterra, Grenoble, Gotemburgo, Moscú, Budapest… donde había conseguido las llaves (ella me entenderá).

Nombres y lugares que entonces a mí me sonaban casi como parte de otro mundo.

El siguiente destino era Los Ángeles.

Ana llegó a los Juegos de 1984 con un objetivo: clasificarse entre las treinta y seis mejores y disputar la final individual. Y lo consiguió. Tres españolas entraron en aquella final: Laura Muñoz, Ana Manso y Marta Artigas. Laura terminó decimocuarta; Ana, vigésimo primera, y Marta, vigésimo sexta.

Nosotros lo vivimos con el orgullo de quien no estaba viendo solamente a una gimnasta española por televisión. Allí estaba Ana.

Y recuerdo especialmente su regreso.

Era agosto y comenzaban las fiestas de Sigüenza. Ana acababa de volver de Los Ángeles y estaba en la Plaza Mayor. Su hermano y yo decidimos que aquello no podía pasar inadvertido, así que nos colamos en el Ayuntamiento poco antes de que el alcalde saliera al balcón a dar el pregón e inaugurar las fiestas.

Intentamos explicarle, con bastante más entusiasmo que orden, que allí abajo tenía a una olímpica recién llegada de Los Ángeles. Una seguntina de adopción que estaba en la plaza escuchándole.

No debimos de explicarnos demasiado bien.

Entre la emoción, las prisas y nuestra insistencia, acabamos prácticamente zarandeando al alcalde, uno por cada lado, con las manos sobre sus hombros, intentando convencerle de la trascendencia de aquella noticia.

No nos hizo demasiado caso. Quizá no entendió nuestra agitación ni por qué aquellos dos muchachos habían irrumpido de aquella manera antes del pregón.

Bien es verdad que posteriormente Ana fue reconocida como mandan los cánones y recibió su homenaje en Sigüenza.

En otro país quizá no habría hecho falta que dos amigos se colaran en el Ayuntamiento y agarraran al alcalde por los hombros, uno por cada lado, para anunciar que acababa de regresar una olímpica. Probablemente se habría organizado de otra manera.

Pero aquella era nuestra España.

Han pasado más de cuarenta años.

Este mes de julio me llevé una sorpresa nostálgica, casi de refilón, porque ni siquiera me había enterado. Ana había organizado en Sigüenza una exposición con fotografías, recortes de periódicos, recuerdos y objetos de aquellos años. La había preparado pensando especialmente en sus sobrinos, para que pudieran conocer un poco más de cerca aquella parte de su vida que para ellos quedaba ya tan lejos.

Fui el domingo de la clausura con mi amiga Ana y su familia.

Y allí estaban otra vez Alcoy, Budapest, Bulgaria, Los Ángeles. Las fotografías en las paralelas, en suelo, en la barra. Los periódicos amarillentos. Marca, AS, ABC. Incluso un periódico búlgaro que la mostraba compitiendo con España.

Y allí estaba también, de alguna manera, aquel muchacho de dieciséis años que había aprendido qué era un Yurchenko, quién era Ecaterina Szabo, quién era Mary Lou Retton y que había conseguido aficionar a la gimnasia a media casa.

Se erizaba un poco la piel al recordar todas aquellas aventuras.

Porque entre todos aquellos recortes había una historia deportiva, no carente de valor, pero sobre todo, para nosotros, estaba la historia de Ana.

Ex Libris de Javier Montalvo con un martín pescador y el lema «Intensidad, en la lectura y en la vida.

¿Seguimos tirando de la cuerda?

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