Cinco Entrenudos sobre los grandes incendios forestales.
El paisaje frágil que heredamos
Preocupado por la concatenación de incendios en España durante el verano pasado y el actual, inicio esta serie de Entrenudos, compuesta, al menos ésa es mi intención inicial, por cuatro entradas que reflexionan sobre la situación de los incendios forestales en España, analizando cuestiones tan diversas como el paisaje, la conservación, la gestión forestal o el cambio climático, con el propósito de comprender el problema con algo más de detenimiento que lo que habitualmente escuchamos en la calle o en las tertulias. Mi intención es concluirla con una quinta entrada que recoja las principales conclusiones.
No pretendo dar lecciones a nadie. Éstos son simplemente Entrenudos nacidos de la lectura y revisión de numerosas fuentes: ecólogos, ingenieros de montes y forestales, climatólogos, paisajistas y otros muchos autores que, contemplados conjuntamente, permiten encontrar un hilo conductor que ayuda a comprender mejor el problema. Quizá el único mérito de este Entrenudo sea intentar reunir en una misma conversación ideas que habitualmente aparecen dispersas entre disciplinas diferentes.

Los grandes incendios forestales no empiezan cuando se prende una llama. Empiezan mucho antes. Empiezan cuando cambia el paisaje.
Ésta puede parecer una afirmación exagerada, pero basta con observar fotografías aéreas de muchas comarcas españolas tomadas hace cincuenta o sesenta años para comprobar que el territorio que hoy contemplamos poco tiene que ver con el de entonces. Ha cambiado la sociedad y ha cambiado también la forma en que las personas se relacionan con el territorio.
Durante generaciones, el territorio español fue modelado por una relación constante entre la naturaleza y el ser humano. Los bosques convivían con cultivos, pastos, dehesas, pequeños huertos, prados, bancales, zonas de matorral y caminos que comunicaban pueblos y explotaciones. El ganado mantenía limpias amplias superficies. La leña se aprovechaba. Los pastos se renovaban. Los pueblos constituían pequeños centros permanentes de actividad.
La agricultura, la ganadería, el aprovechamiento de la madera, la obtención de leñas o el carboneo no solo constituían actividades económicas: también mantenían un paisaje extraordinariamente diverso.
Aquella combinación generaba un paisaje en mosaico o, lo que es lo mismo, un paisaje lleno de discontinuidades.

A partir de la segunda mitad del siglo XX comenzó un cambio silencioso.
El éxodo rural, la mecanización agrícola, el abandono de numerosos cultivos de montaña, la reducción de la ganadería extensiva y la desaparición progresiva de muchos aprovechamientos tradicionales modificaron profundamente la estructura del territorio.
España ganó superficie forestal. Pero no toda esa nueva superficie fue consecuencia de grandes programas de reforestación.
En muchos lugares fue el propio abandono del territorio el que permitió que antiguos cultivos y pastizales fueran ocupados paulatinamente por matorral y, posteriormente, por masas forestales jóvenes.
Más que desaparecer árboles o cultivos, desapareció una forma de organizar el paisaje. Estos cambios, considerados de forma aislada, pueden parecer incluso positivos. Sin embargo, vistos conjuntamente producen un efecto mucho más profundo.
Ese paisaje en mosaico no respondía a un plan preconcebido. Era el resultado de miles de decisiones cotidianas tomadas durante siglos por quienes vivían en el territorio. Cada cultivo, cada viñedo, cada rebaño, cada pastizal y cada monte cumplían una función. Y, sin saberlo, aquellas comunidades estaban construyendo un paisaje mucho más complejo y diverso de lo que solemos imaginar. Todos esos elementos y la forma en que se relacionaban contribuían, sin proponérselo, a fragmentar el combustible.
Aquel paisaje no había sido diseñado para prevenir incendios. Sin embargo, muchas de sus características reducían, sin proponérselo, la capacidad del fuego para propagarse sin interrupción.
Fernando González Bernáldez, uno de los pioneros de la ecología del paisaje en España y catedrático de Ecología en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid, donde tuve la fortuna de asistir a algunas de sus clases magistrales, insistió en que muchos de los paisajes que hoy admiramos no pueden entenderse sin esa prolongada interacción entre la naturaleza y las actividades humanas. El paisaje no era únicamente un escenario natural; era también una construcción cultural.
Esa idea resulta especialmente importante porque rompe una visión demasiado simplista según la cual el mejor paisaje sería siempre aquel en el que el ser humano desaparece por completo. La realidad es bastante más compleja.
Muchos de los espacios de mayor valor ecológico que hoy protegemos son precisamente consecuencia de esa convivencia secular entre las personas y el medio natural. Las dehesas, numerosos pastizales de montaña, determinadas zonas abiertas del bosque mediterráneo o buena parte de nuestros paisajes agrarios tradicionales son ejemplos de ello.

Ángel Ramos, Catedrático de Proyectos e ingeniero de Montes y uno de los grandes referentes españoles en planificación ambiental, a quien también tuve la fortuna de escuchar durante mi etapa de estudiante en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes, defendió durante toda su trayectoria la necesidad de comprender el territorio como un sistema complejo donde la conservación y los usos humanos no debían entenderse como conceptos enfrentados, sino como elementos que podían formar parte de un mismo equilibrio.
Durante siglos ese equilibrio fue cambiando lentamente.
No era un paisaje perfecto. Tampoco era inmutable. Los incendios existían, las sequías también y las transformaciones del territorio formaban parte de su historia. Pero la diversidad de usos y de estructuras generaba con frecuencia discontinuidades que dificultaban la propagación de los grandes incendios que hoy conocemos.
Con el paso de las décadas ese paisaje comenzó a transformarse con rapidez. El abandono progresivo del medio rural, la pérdida de actividades tradicionales y la concentración de la población en las ciudades modificaron profundamente el territorio. Muchas zonas agrícolas dejaron de cultivarse, desapareció parte del pastoreo y extensas superficies comenzaron a evolucionar hacia masas forestales continuas.
Cuando desaparecen esos usos, el paisaje se vuelve progresivamente más continuo. Aumenta la conectividad entre masas vegetales. Se incrementa la continuidad horizontal del combustible y, en muchos casos, también aparece una continuidad vertical que facilita que el fuego alcance las copas de los árboles.
No hablamos únicamente de más vegetación. Hablamos de un territorio más homogéneo, conectado y uniforme, convertido en un paisaje más vulnerable a los incendios de gran propagación.
No se trata de idealizar el pasado ni de proponer un regreso imposible a formas de vida que pertenecen a otra época. Sería un error tan grande como ignorar lo que ese pasado puede enseñarnos.
Comprender cómo se construyó nuestro paisaje es simplemente el primer paso para comprender por qué hoy responde de una forma determinada cuando aparece el fuego.
Porque los grandes incendios forestales no comienzan el día en que surge la primera llama. Empiezan mucho antes. Empiezan en la historia del paisaje que hemos heredado.
Los grandes incendios actuales no pueden entenderse sin esa evolución del paisaje y de sus elementos funcionales.
Y esa conclusión nos conduce de forma natural a una nueva pregunta.
Si el paisaje cambió tanto, ¿cambió también nuestra forma de conservarlo? Ésa será la cuestión que abordaremos en el siguiente Entrenudo.
